Sharenting: cuando publicar fotos de tus hijos en redes deja una huella que ellos no eligieron

Sharenting: cuando publicar fotos de tus hijos en redes deja una huella que ellos no eligieron

Una fotografía del primer día de colegio. Un vídeo aprendiendo a caminar. El cumpleaños, las vacaciones, una anécdota divertida o una imagen familiar que termina en Instagram.

Para muchos padres compartir esos momentos es una prolongación natural del álbum familiar. La diferencia es que aquel álbum permanecía en un cajón. Las publicaciones actuales pueden viajar mucho más lejos, permanecer durante años y contribuir a construir la identidad digital de un menor antes incluso de que pueda decidir qué quiere mostrar de sí mismo.

Ese fenómeno tiene nombre: sharenting.

El término combina las palabras inglesas share —compartir— y parenting —crianza—. Describe la práctica de padres, madres y cuidadores que publican fotografías, vídeos o información sobre sus hijos en Internet. UNICEF utiliza una definición incluso más amplia: puede incluir una publicación en redes sociales, una entrada de blog o un vídeo enviado mediante servicios de mensajería.

No significa que subir una fotografía familiar convierta automáticamente a alguien en un padre irresponsable. El debate interesante está en otro lugar: ¿qué ocurre cuando documentamos públicamente una vida que todavía no es la nuestra para decidir?

Qué es el sharenting y por qué se habla cada vez más de él

FundéuRAE recomienda expresiones como “sobreexposición de los hijos” o “sobreexposición filial” como alternativas españolas a sharenting.

La palabra puede sonar reciente, pero la conducta lleva años normalizada.

La llegada de los smartphones eliminó casi toda la fricción que existía entre capturar un momento y publicarlo. Podemos hacer una fotografía, editarla y enseñársela a cientos o miles de personas en menos de un minuto.

Además, las redes sociales ofrecen una recompensa inmediata: comentarios, corazones y felicitaciones.

El problema aparece cuando esa publicación contiene más información de la que creemos.

Una fotografía no es solamente una cara.

Puede revelar un uniforme escolar, una calle, una matrícula, el nombre de un centro educativo, una actividad extraescolar o una rutina familiar.

La AEPD advierte precisamente de que publicar información sobre localización puede proporcionar pistas sobre nuestros movimientos.

La pregunta no es solo “¿puedo publicarla?”

Existe otra pregunta probablemente más importante:

¿Debería hacerlo?

Los adultos podemos decidir qué parte de nuestra vida exponemos.

Si mañana nos arrepentimos de haber publicado una fotografía ridícula de 2015, al menos originalmente fuimos nosotros quienes tomamos la decisión.

Un niño pequeño no tiene esa posibilidad.

Sus padres pueden estar creando progresivamente un archivo público compuesto por cientos de momentos:

  • nacimiento;
  • nombre completo;
  • cumpleaños;
  • familiares;
  • colegio;
  • aficiones;
  • enfermedades;
  • vacaciones;
  • fotografías en bañador;
  • rabietas;
  • momentos embarazosos.

Años después, ese niño se convierte en adolescente y descubre que parte de su infancia lleva mucho tiempo publicada.

Ese cambio de perspectiva explica por qué el sharenting no debería analizarse únicamente como una cuestión de seguridad informática.

También es una cuestión de privacidad, consentimiento e identidad digital.

La huella digital puede empezar antes que el propio usuario

Normalmente hablamos de huella digital pensando en aquello que nosotros mismos hacemos en Internet.

Publicamos.

Comentamos.

Abrimos perfiles.

Pero la huella de un menor puede comenzar antes de que tenga edad suficiente para utilizar una red social.

Los padres construyen una parte de ella.

Una fotografía aislada probablemente diga poco.

Cientos de publicaciones pueden decir mucho.

Imagina un perfil familiar donde durante años aparecen:

“Primer día de Lucía en el colegio.”

Después:

“Celebrando sus 8 años.”

Más adelante:

“Primer entrenamiento con su nuevo equipo.”

Y posteriormente fotografías recurrentes en los mismos lugares.

Individualmente son momentos familiares.

Combinados pueden proporcionar nombre, edad aproximada, centro educativo, aficiones y localización.

Por eso, cuando hablamos de protección de información personal, conviene aplicar también las recomendaciones generales de seguridad y privacidad de WebyChat: revelar voluntariamente información puede comprometer nuestra privacidad aunque técnicamente la plataforma no esté mostrando determinados datos sensibles.

¿Cuáles son realmente los riesgos del sharenting?

Conviene evitar el alarmismo.

No deberíamos afirmar que cada fotografía infantil publicada terminará siendo utilizada de forma maliciosa.

Pero tampoco deberíamos asumir que mantener un perfil “más o menos privado” elimina cualquier riesgo.

UNICEF señala que la información publicada sobre menores puede generar daños materiales y contribuir a crear perfiles digitales sobre ellos.

Los riesgos dependen principalmente de qué publicamos, cuánto publicamos, quién puede verlo y qué información puede deducirse al combinar diferentes publicaciones.

1. Pérdida de control sobre una fotografía

Cuando una imagen permanece únicamente en tu teléfono tienes bastante control sobre ella.

Cuando la publicas, ese control disminuye.

Otra persona puede:

  • hacer una captura;
  • descargarla;
  • reenviarla;
  • almacenarla;
  • republicarla;
  • editarla.

Eliminar posteriormente la publicación original no garantiza que hayan desaparecido todas las copias.

Esto no significa que todo contenido publicado vaya a escapar de nuestro control.

Significa que debemos asumir esa posibilidad antes de publicar.

2. Exposición de información personal

El riesgo no está únicamente en el rostro.

Observa el fondo de la fotografía.

¿Se ve el nombre del colegio?

¿Una dirección?

¿El portal de casa?

¿Una matrícula?

¿El uniforme?

¿El nombre completo en una acreditación?

¿El club donde entrena?

¿Un horario?

¿La ubicación exacta?

Cuando distintas piezas de información pública pueden reunirse para identificar o localizar a alguien entramos en un terreno relacionado con la exposición de datos personales. En WebyChat ya explicamos este problema en nuestra guía sobre doxing y cómo proteger tus datos personales.

El contexto es diferente, pero la lección es la misma: varios datos aparentemente inocentes pueden adquirir otro significado cuando se combinan.

3. Crear una identidad digital sin consentimiento

Este es uno de los puntos más interesantes del debate.

Una persona adulta puede decidir:

“No quiero fotografías mías en redes sociales.”

Pero quizá cuando pueda tomar esa decisión ya existan centenares.

UNICEF destaca precisamente la importancia de involucrar a los menores en las decisiones sobre aquello que se comparte y utilizar esas situaciones para enseñar el concepto de consentimiento.

La edad importa.

No podemos pedir a un bebé una decisión informada.

Pero a medida que los hijos crecen sí podemos empezar a preguntar.

“¿Te parece bien que publique esta foto?”

Y respetar un “no”.

Ese gesto transmite además una enseñanza valiosa: tu imagen te pertenece y tu opinión sobre ella importa.

4. Contenido que puede resultar humillante años después

Lo que a un adulto le parece gracioso puede no parecérselo a un adolescente.

Una rabieta.

Una caída.

Un castigo.

Una situación médica.

Una fotografía comprometida.

Una historia extremadamente personal.

Antes de publicar podemos hacer un ejercicio sencillo:

¿Me habría gustado que mis padres enseñasen esto públicamente cuando yo tenía esa edad?

La respuesta puede cambiar nuestra perspectiva.

5. Uso de fotografías fuera de su contexto

Internet facilita copiar y transformar contenido.

Una imagen infantil publicada con una intención completamente inocente puede terminar fuera de la cuenta original.

La expansión de la inteligencia artificial añade además nuevas posibilidades de manipulación audiovisual.

Ya explicamos cómo una fotografía o muestra audiovisual puede utilizarse como material para generar o modificar contenido en nuestra guía sobre deepfakes y contenidos falsos creados con IA.

Esto no significa que debamos asumir que cualquier fotografía terminará convertida en un deepfake.

Significa que el contexto tecnológico ha cambiado y que una vez entregada una imagen a Internet no controlamos todos sus usos posteriores.

“Mi cuenta es privada”: ¿entonces no existe riesgo?

Una cuenta privada reduce la exposición frente a una publicación completamente abierta.

Eso es positivo.

Pero “privada” no significa “solo existe en mi teléfono”.

Pregúntate:

¿Cuántos seguidores tienes?

¿Conoces personalmente a todos?

¿Pueden realizar capturas?

¿Has revisado recientemente quién conserva acceso?

¿Compartes también esas fotografías mediante grupos?

La privacidad no debería entenderse como un interruptor:

público = peligroso / privado = completamente seguro.

Es una cuestión de niveles de exposición.

Cuanto más sensible sea el contenido, menos personas deberían necesitar verlo.

No todas las fotografías tienen el mismo riesgo

Una fotografía familiar genérica no revela necesariamente lo mismo que una imagen frente a la puerta del colegio.

Tampoco es equivalente una fotografía puntual a documentar públicamente prácticamente toda la vida de un niño.

Antes de publicar, analiza tres elementos:

El contenido

¿Qué aparece realmente?

La información

¿Qué puede descubrir alguien observándolo?

La audiencia

¿Quién necesita ver esto?

Ese pequeño análisis puede evitar muchas publicaciones innecesarias.

El uniforme escolar merece especial atención

Una fotografía del primer día de clase es probablemente uno de los ejemplos más comunes.

El niño aparece sonriente, mochila nueva, uniforme y entrada del colegio al fondo.

La fotografía puede revelar simultáneamente:

  • aspecto físico;
  • centro educativo;
  • curso aproximado;
  • ubicación;
  • horario probable.

Puedes conservar exactamente el mismo recuerdo sin publicar todos esos datos.

Por ejemplo, haz la fotografía en casa.

O evita que sean visibles escudos, nombres y otros elementos identificativos.

También importa publicar la ubicación en tiempo real

Estamos de vacaciones.

Fotografía.

Ubicación.

“¡Una semana desconectando en Tenerife!”

Además de informar dónde estamos, podemos estar informando indirectamente dónde no estamos.

La AEPD menciona expresamente este tipo de riesgo al abordar la sobreexposición familiar.

Una solución sencilla es publicar después.

No todo tiene que compartirse en tiempo real.

¿Deberíamos tapar siempre la cara de los niños?

No existe una regla universal que convierta automáticamente en correcta cualquier publicación con un emoji sobre la cara.

Ocultar el rostro puede reducir determinada exposición biométrica o identificativa, pero no elimina el resto de la información.

Una fotografía puede seguir mostrando:

  • colegio;
  • ubicación;
  • uniforme;
  • vivienda;
  • nombre;
  • actividad;
  • familiares.

Por tanto, “no se le ve la cara” no debería cerrar automáticamente la reflexión.

Debemos analizar la publicación completa.

El problema de los datos aparentemente pequeños

“Hoy cumple seis años.”

“Primer día de colegio.”

“Último entrenamiento antes del torneo.”

“Nuestra calle se ha llenado de nieve.”

“Esperando al autobús de las ocho.”

Cada frase parece trivial.

Juntas empiezan a formar un perfil.

Esta es una buena regla de privacidad digital:

no evalúes solamente lo que revela una publicación; piensa también qué revela cuando se combina con las anteriores.

Sharenting y robo de identidad

Los datos de menores también pueden tener valor para determinadas formas de fraude.

Nombre completo.

Fecha de nacimiento.

Dirección.

Información familiar.

Documentación visible accidentalmente.

No hace falta imaginar escenarios cinematográficos.

La recomendación básica es mucho más sencilla: no publiques información identificativa que no aporte nada a la publicación.

Una fotografía de cumpleaños no necesita mostrar un documento.

Una celebración escolar no necesita revelar una dirección.

Un viaje no necesita incluir billetes con datos visibles.

Qué deberías comprobar antes de publicar una foto de tus hijos

Podemos convertir todo lo anterior en una rutina práctica.

Antes de pulsar “publicar”, pregúntate:

¿Mi hijo querrá que esta fotografía siga circulando dentro de diez años?

No puedes saberlo con certeza.

Pero algunas imágenes ofrecen una respuesta bastante evidente.

¿Revela dónde vive, estudia o pasa tiempo habitualmente?

Si la respuesta es sí, intenta eliminar esos elementos.

¿Aparecen otros menores?

El consentimiento no afecta únicamente a tus hijos.

Quizá los padres de otros niños no quieran que sus imágenes aparezcan en tu perfil.

¿Estoy contando información médica o especialmente íntima?

Algunas experiencias pertenecen a la historia personal del menor.

No necesariamente a nuestra audiencia.

¿Necesito publicarla?

Esta pregunta puede parecer obvia, pero es probablemente la más útil.

Podemos hacer una fotografía sin subirla a ninguna parte.

Los recuerdos no necesitan obligatoriamente convertirse en contenido.

Hablar de privacidad también educa

La solución al sharenting no consiste únicamente en establecer prohibiciones.

Puede convertirse en una oportunidad educativa.

Cuando los hijos tienen edad suficiente podemos explicar:

“Antes de publicar una foto de otra persona, preguntamos.”

Ese aprendizaje será útil posteriormente cuando ellos mismos empiecen a utilizar redes sociales, mensajería o comunidades online.

Entenderán que recibir una fotografía no significa automáticamente tener permiso para publicarla.

Y que aparecer en una imagen tampoco elimina el derecho a expresar que preferimos que no se comparta.

¿Y cuando empiezan a utilizar chats?

La misma educación sobre privacidad debería acompañar sus primeras experiencias de comunicación digital.

Una conversación con un desconocido no requiere compartir:

  • nombre completo;
  • dirección;
  • colegio;
  • contraseñas;
  • documentos;
  • ubicación exacta.

Los adultos tampoco deberíamos hacerlo.

En espacios de conversación pública o semipública conviene mantener las mismas precauciones. La página específica de Chat General de WebyChat recuerda expresamente que no deben compartirse contraseñas, datos financieros ni información personal sensible.

La mejor educación digital probablemente sea aquella en la que los adultos aplicamos las mismas reglas que después pedimos a los menores.

El consentimiento debería evolucionar con la edad

No podemos tratar igual a un bebé que a un adolescente.

A medida que un niño adquiere capacidad para comprender qué significa publicar una fotografía, debería aumentar también su participación en la decisión.

Podemos preguntar:

“¿Puedo subir esta?”

Y aceptar:

“Prefiero que no.”

Puede resultar incómodo si nos encanta la fotografía.

Pero precisamente ahí está la enseñanza.

Consentimiento significa que la otra persona puede decir que no.

Qué hacer con las fotografías que ya has publicado

No necesitas entrar en pánico ni eliminar automáticamente diez años de recuerdos.

Puedes hacer una revisión.

Empieza por las publicaciones más sensibles.

Busca fotografías que revelen:

  • direcciones;
  • colegios;
  • documentos;
  • ubicaciones habituales;
  • información médica;
  • desnudez;
  • situaciones humillantes;
  • datos personales.

Después revisa la configuración de privacidad y la lista de personas que tienen acceso.

También puedes eliminar publicaciones que ya no tenga sentido mantener públicas.

La privacidad digital no es una decisión que tomamos una vez.

Es mantenimiento.

Compartir menos no significa dejar de compartir

Las conversaciones sobre sharenting suelen caer en dos extremos.

Uno:

“Nunca publiques absolutamente nada.”

Otro:

“No pasa nada, todos lo hacemos.”

Existe mucho espacio entre ambos.

Podemos compartir determinados momentos familiares aplicando criterios razonables:

  • evitar información identificativa innecesaria;
  • limitar audiencia;
  • no publicar ubicaciones en tiempo real;
  • respetar la opinión del menor;
  • evitar situaciones íntimas o humillantes;
  • revisar periódicamente lo publicado.

No se trata de convertir cada fotografía en una auditoría de ciberseguridad.

Se trata de incorporar unos segundos de reflexión antes de hacer pública la vida de otra persona.

Preguntas frecuentes sobre sharenting

¿Qué significa sharenting?

Es el término utilizado para describir la publicación por parte de padres, madres o cuidadores de fotografías, vídeos e información sobre sus hijos en Internet. En español también puede hablarse de sobreexposición de los hijos.

¿Es peligroso subir fotos de mis hijos a redes sociales?

No toda publicación provoca necesariamente un daño. El riesgo depende del contenido, la información que revela, la audiencia y la posibilidad de reutilización. Organismos como UNICEF y la AEPD recomiendan considerar la privacidad, el consentimiento y la exposición de información antes de publicar.

¿Es suficiente con taparles la cara?

No necesariamente. Aunque ocultes el rostro, una fotografía puede revelar el colegio, ubicación, uniforme, vivienda u otros datos.

¿Debo pedir permiso a mi hijo antes de publicar una fotografía?

Cuando tiene edad y capacidad suficientes para comprenderlo, involucrarlo en la decisión ayuda a respetar su privacidad y enseñarle el valor del consentimiento. UNICEF recomienda precisamente aprovechar estas situaciones para modelar ese aprendizaje.

¿Una cuenta privada protege completamente las fotografías?

Reduce la exposición, pero no garantiza un control absoluto. Las personas con acceso pueden guardar o reenviar contenido.

¿Qué fotografías debería evitar?

Conviene extremar la precaución con imágenes íntimas, humillantes o que revelen información sensible, documentos, localización habitual, colegio u otros datos identificativos.

La infancia no debería convertirse automáticamente en contenido

La mayoría de las fotografías familiares nacen de algo positivo.

Orgullo.

Cariño.

Humor.

El deseo de compartir un momento importante.

El problema no está en esos sentimientos.

Está en olvidar que la persona que aparece en la fotografía tendrá algún día su propia opinión sobre la identidad digital que hemos construido para ella.

La tecnología nos permite publicar prácticamente todo.

La responsabilidad consiste en comprender que poder hacerlo no significa necesariamente que debamos hacerlo.

Antes de publicar la próxima fotografía, quizá basten tres preguntas:

¿Qué información estoy revelando?

¿Quién necesita verla?

¿Me gustaría que alguien hubiese tomado esta decisión por mí?

Son apenas unos segundos.

Pero pueden marcar la diferencia entre guardar un recuerdo y convertir involuntariamente la infancia de otra persona en un archivo público.

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