Cuando el placer precede al dolor en el sexo

A lo largo de su vida, cuatro de cada diez personas en el mundo experimentan una sensación de tristeza, rechazo y vergüenza tras tener un orgasmo. Más allá de lo puramente biológico, este fenómeno de ‘suciedad moral’, que en la actualidad definimos como disforia poscoital, hunde sus raíces en el sentido que la propia sociedad le otorga al sexo.

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En una sociedad que relega el placer a los rincones más remotos e inaccesibles de la psique colectiva, el vínculo entre sexualidad y moralidad es complejo.

En la antigüedad, filósofos como Aristóteles afirmaron que las mujeres podían quedar embarazadas sin experimentar el placer de las relaciones sexuales, mientras que otros filósofos, como el turco Galeno, argumentaron que la debilidad física y mental puede ser un efecto esperado de las relaciones sexuales. Años más tarde, Sigmund Freud definió la melancolía (ahora llamada depresión) como una reacción secundaria a las relaciones sexuales. Así, a través de los siglos, las culturas y las disciplinas, estas tres figuras convergen en un mismo punto: incorporar a sus teorías el proverbio omne animal post coitum triste.

El adagio, derivado del anonimato, afirma que todo animal sufre después del sexo, quizás refiriéndose al período refractario o de relajación física y psicológica que experimentan algunas especies del reino animal después del sexo. Sin embargo, la historia ha tergiversado este proverbio al asociarlo con la culpa moral, un sentimiento inherentemente humano que el mismo Freud ha estudiado una y otra vez.

Según los neurocientíficos austriacos, los seres humanos, especialmente las mujeres, se encuentran en medio de una lucha incansable entre la moralidad representada por el superyó y los instintos reflejados en el ello. De esta forma, la tensión generada por el conflicto se exterioriza como neurosis, distorsionando la sexualidad humana. De hecho, hoy en día seguimos asociando el sexo con la culpa, pero usamos un lenguaje menos estigmatizante y acientífico que el que usó el padre del psicoanálisis en sus escritos.

Hablamos de disforia poscoital, un término consistente que se utiliza para describir los sentimientos de tristeza, rechazo y vergüenza que siguen a un orgasmo, un fenómeno que afecta a 4 de cada 10 personas en algún momento de su vida. La mayor incógnita de la ciencia es el origen de esta respuesta psicológica.

El peso de la sociedad

La teoría evolutiva ha encontrado una correlación biológica compartida por otras especies animales: cambios repentinos en las hormonas después del orgasmo. Durante el orgasmo, el cuerpo libera adrenalina, endorfinas y oxitocina, que producen euforia. La reacción en cadena, sin embargo, continuó durante unos minutos y, a medida que descendía, surgió lo opuesto al placer, un evento crítico para la supervivencia: los animales que dejaban de tener relaciones sexuales después del apareamiento impedían una erección que no podía fertilizar a la hembra.

Pero si bien los hallazgos de la biología evolutiva se pueden extrapolar a la sexualidad humana, no es suficiente para explicar la disforia. Hay otros factores que regulan la inquietud después del sexo que no son las hormonas.

Primero, la trayectoria psicosocial que arrastramos a lo largo de nuestra vida como si fuera una cicatriz imperceptible. La ciencia ha encontrado que las experiencias abusivas alteran el desarrollo emocional, produciendo secuelas latentes ya menudo crónicas. En otras palabras, las relaciones caracterizadas por la violencia, ya sea de naturaleza sexual o no, tienen el potencial de alterar las percepciones de la intimidad.

Como resultado, el sexo se vuelve desagradable, una creencia que entra en conflicto con las respuestas fisiológicas al placer y tiende a manifestarse a medida que desaparecen. El orgasmo es seguido por un recuerdo de la mano de la culpa. Pero, ¿puedes experimentar irritabilidad poscoital sin sufrir abusos? La respuesta no solo es sí, sino que representa la mayoría de las situaciones.

Aunque la sociedad abraza a la sexualidad en lo que respecta al ocio y la cultura, hasta hace poco el clima represor era evidente

Que no haya causa individualista para la disforia poscoital es un arma de doble filo. Si bien sentimos liberación al no contar con una experiencia traumática a nuestras espaldas, resulta muy frustrante desconocer el origen del malestar. Es esa eterna pregunta de «¿por qué me siento así?» la que conduce a una invalidación emocional y a un silencio que perpetúa la tristeza. Y ahí entran en juego las hipótesis colectivas.

Aunque la sociedad abraza a la sexualidad en lo que respecta a las redes sociales, el ocio y la cultura, no puede negarse que, hasta hace más bien poco, vivíamos en un clima represor en términos sexuales –algunos sectores poblacionales todavía se encuentran inmersos en él– donde hablar de sexo estaba prohibido, lo que generaba en los más jóvenes una asociación de que el placer era algo a ocultar, algo a vivir con vergüenza, algo malo en esencia.

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