Relato erótico

Todo lo que debes saber: Disolverse

Me encanta mirar a las mujeres andando por la calle. Nada se me escapa de ellas. Ni un solo detalle.

Desde un perfume cítrico que deja un halo, cuyos límites podría trazar con un rotulador sin que desbordara, después de que se cierre la puerta del edificio en el que unas entran, hasta un inesperado traspié por un tacón mal apoyado en el asfalto.

Es el sitio donde mejor se vive. Rodeado de mujeres cruzando las calles, aquellas que evitan las bicicletas que giran bruscamente o las que, en un descuido, rozan sus cinturas en capós de coches mal aparcados.

Aquellas que esperan bajo la lluvia no se sabe bien el qué, escondidas por un enorme paraguas.

Miro siempre de soslayo a las que se llevan algo a la boca con una delicadeza de comunión mientras desfilan por la acera.

Son ausencias que no duelen porque me encapricho de todas ellas. Incluso de las tristonas, las que lloran y dan golpes contra la pared de un callejón, mojadas esta vez porque las lágrimas las devoran. Se las tragan con las barbillas, temblorosas, secándoselas con la palma de la mano para que nadie las pueda ver así. O para que las puedan ver cuando notan mi presencia a la entrada del callejón. Y esconden rápidamente el rostro con un simple giro del cuello hacia otra dirección.

Tengo debilidad por los hombres. Bueno, eso no es del todo cierto. Yo tengo tres.

Algunas son mujeres con gafas. Los encontré tan sexys que me los imaginé follándome con lentes y les señalé los ojos cuando estaba a punto de eyacular y manchar esos lentes. Eso es todo...

Entonces bésalos. Me dieron un beso, una suave y húmeda decepción que apenas disimularon al notar la saliva que no les pertenecía. Rico. Como mi leche en sus vasos, deslizándose suavemente como un caracol.

La segunda con la que no estoy de acuerdo son las mujeres que fuman. Al pasar uno de estos en la calle, la seguí, acercándome, tratando de inhalar el humo que solía dejar atrás, escuchando la canción profunda que sus pulmones cantaban con cada bocanada. Ese dedo del pie tiene esta curva de empeine exagerada, ligeramente dislocada para aplastar el trasero manchado de lápiz labial. Parece una herida. Tu ADN tarda años en desaparecer. Pero he estado aquí. Y estos tendones tensos que siguen rodando y rodando. No, no necesito mirar la cara de esa mujer. Pero qué emocionada estoy con el lápiz labial rojo.

Pero lo que más me emociona, debería decir, más precisamente, me emociona, son las mujeres sexys en medias de nailon con sus rayas negras que van desde los talones hasta los muslos, la parte de atrás de las piernas. El que no se disipa, parte mi cerebro en dos. Es una invitación a quitar los ojos de mis pantorrillas. por encima de la cavidad de la rodilla. sobre los muslos. Ahora el cerebro comienza a declinar. Me sentí como un microbio adherido a estas piernas y les dije que se encendieran. Haga un agujero en una parte clave de la media, luego levante la nariz e intente sentir el olor de la carne rozando el nailon mientras camina. Estoy casi seguro de que el sudor de sus piernas huele a algas.

Pero disminuí la velocidad y observé el cuerpo erguido, esas piernas saltarinas, el veneno del liguero debajo de esa falda demasiado corta para volverme loco. El suelo de la acera estaba cada vez más cerca de mi cara. tambalear. Ese pensamiento insoportable, la gente que te rodea. No puedo hacer agujeros en estas medias. Use su dedo meñique solamente. Prometo. Sólo de ésta manera. Se estropeó un poco la falda y se la subió. sólo ligeramente. soy mas lento Tenía miedo de pasar junto a ella, giré la cabeza y la miré con atención. No te atrevas a acercarte a mí. No me tengas en tus brazos. Tengo miedo de que sus ojos me arruguen y me evite como una bicicleta que gira bruscamente. Estaba dispuesto a dejar que su cintura tocara mi chaqueta ligeramente. Como el del capó de un coche mal aparcado.

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